martes, 23 de enero de 2018

La oportunidad perdida

Angola, 23 de agosto de 2017

Por un instante, el Pueblo escuchó un canto de sirena, desempolvó las banderas de colores y las enarboló enajenado... y se cubrieron las paredes desconchadas con las promesas de antanio... tocaron todos los cláxones... estalló una bomba limpia de cerveza y de kizomba que impregnaba hasta los resquicios del silencio... y se inundaron las calles de hombres y mujeres embriagados, que creyendo soniar despiertos, vagaban hacia las urnas, sonámbulos, zizagueando...

Al despertar, la misma calle sucia, vacía y macilenta, todas las promesas rotas, las banderas por el suelo, sus colores deslucidos... y una orquesta nueva, entonando los mismos acordes, en el mismo escenario, con sillas de terciopelo que ya empiezan a oler a rancio. 

lunes, 22 de enero de 2018

Paris

Paris reste la ville la plus belle du monde. Je me demande toujours pourquoi et je le corrobore à chaque visite. Peut être sa façon unique d’être belle et misérable, accueillante et hostile, apaisée e bouleversante, intégrée et désintégrante, rouge, noire et dorée, mais surtout sa capacité de rejoindre, dans le même précis Instant, le rêve et le désespoir.
Elle a tout dedans, catégoriquement, douloureusement : la tyrannie qui a laissé en héritage des merveilles presque divines ; l'humanité à l’extrême, modelant pour les siècles des siècles son essence luxurieuse et décadente ; les réflexions des esprits les plus éclairés, qui ont exploré le fond de l’être humaine ; la sublimation de tous les arts, répandue sur ses  mûrs. Et le Paris moderne, qui contraste avec le Paris atemporel, couvert d’un autre voile, de futilité, de carte postal  et de selfie : les Parisiens pressés qui se déplacent de la maison au travail comme robots, les touristes avec la nécessité de s'immortaliser dans n'importe quel endroit à n’importe quel prix , laissent son empreinte légère, un petit feu de Bengale, l’écume des jours. Paris, combien de présences, au fil du temps, ont couvert ton corps de sang et de sel, d'or et de lumière !
Je pense que j'aime Paris parce qu'elle me dirige vertigineusement au fond de moi-même, de l'exploratrice avide, l’éternelle étrangère, l'enfant innocent qui a mûri à contre-temps, qui a trop lu et trop rêvé, qui a encore faim et soif de vie, mais constate à chaque fois que les rencontres à minuit dans la pluie, l'amour fugace d'un inconnu, la tendre main sur le dos avant de se plonger dans le vide, la chanson mélancolique qui changera ta vie dans une sombre ruelle…sont des cadeaux réservés aux personnages éthérés et pérennes des romans et des poèmes ; que  à nous, les simples mortels, il ne nous reste que chercher un peu de poésie dans le claquement implacable de la porte du métro, les bousculades et reproches des passants qui se pressent sans attendre ou les questions méfiantes des serveurs et des chauffeurs de taxi.
J’ai toujours rêvé de Paris et maintenant je sens que je ne pourrais pas rester, peut être parce que j'ai peur d'aller jusqu’au but de moi-même, jusqu’au l’égout des rêves, la vague qui se brise sur mon cœur, la lumière du phare que s’éteint, peur de m'écraser contre le mur le plus désiré et le plus infranchissable ; peut être parce que je n’ai jamais cru que je ne serais jamais seule avec ma solitude, peut être parce que la solitude, dans la ville la plus belle du monde, serait-elle encore plus déchirée.





lunes, 19 de diciembre de 2016

Haití: Visión borrosa sobre lienzo negro o “El color en tiempos de cólera”



Hace dos semanas aterricé en Jéremie, “la ciudad de los poetas”, en un helicóptero de la MINUSTAH. La visión área de un entresijo de madera y hierro arrasado por la fuerza de la naturaleza me hizo temblar. Sin darme tiempo a salir de mi estupor, me recogieron en un coche oficial mientras directivos de la ONU ocupaban de nuevo el helicóptero, me pusieron chaleco, tarjeta SIM y cuaderno en mano y me enviaron a investigar un pequeño brote en medio de alguna parte. 

Día a día voy dando pinceladas de luz a la fotografía borrosa de este país. La primera evidencia ha sido constatar cómo, tras el huracán, el miedo al cólera ha traído el cólera: nuestra definición de caso es tan sensible y su confirmación es tan difícil que los centros de tratamiento habilitados ex profeso dan cobijo y un poco de consuelo cualquier paciente con diarrea aguda que tenga a bien acercarse. Cada una de las ONGs que vinieron, vienen y seguirán viniendo, conquista un pequeño territorio, pone una bandera y oferta un servicio con más o menos criterio. 

El pesado tanque de la ayuda internacional se desplaza lento y sin destino aparente, dando limosnas a una sociedad que lo percibe como una presencia ajena e incómoda. Es contradictorio y francamente poco operativo intentar dar una respuesta rápida a una epidemia crónica en el contexto de una emergencia crónica, pero más duro pensar si con nuestras acciones no estamos contribuyendo a cronificar ese estatu quo.

Durante mis largas rutas de estos días, he necesitado siempre la compañía de personas locales, que me han dado de comer cuando tenía hambre, de beber cuando tenía sed, o han traducido la poca información útil que he creído poder aportar. Cada día me he preguntado si mis aportaciones compensan el coste de mi desplazamiento. 

Sin embargo, mientras los peces gordos y torpes nos devanamos los sesos en un mundo paralelo de ecuaciones imposibles y estrategias sesgadas, la vida sigue su curso tranquilo: la hierba de un verde intenso vuelve a brotar entre los escombros, los mercados recuperan su bullicio salvaje que supera el umbral de mis pituitarias, los jóvenes se reúnen al borde del mar y miran el horizonte, comen pescado asado y reciclan lo que perdieron.

Al salir del trabajo, me encuentro al grupo de blancos con cara de autocomplacencia en la única tienda de productos importados y pienso que aquí hemos venido todos a lavarnos las manos. De camino al hostal doy las buenas noches al carguero oxidado encallado en el puerto, preguntándome si hace cinco días, cinco años o cinco siglos, debimos desembarcar.

lunes, 27 de julio de 2015

El Puente de la Libertad

Moissa, Keita y Amadou son tres niños risueños de Tamaransy, una aldea humilde de 80 habitantes al borde de la carretera, que se ha convertido en el pueblo más famoso de la región por agregar en cuestión de días 20 casos de ébola.

Tamaransy se nos escapaba de las manos, pues dada la facilidad de tránsito y de acceso corría el riesgo de diseminar la enfermedad por toda la región. Tanto es así que después de hacer un buen despistaje de enfermos y sanos se decidió someterlos a un confinamiento y una vigilancia activa durante tres semanas para monitorizar a todos los contactos.

Desde el decreto de “cerclage”, Tamaransy se ha convertido en un experimento y una atracción para las agencias internacionales. Para mí es también el paradigma del sistema de ayuda internacional, un monstruo pesado que consigue una cierta eficacia a costa de una ineficiencia absoluta. Tengo la imagen de un tanque enorme con un pequeño grifo al fondo, al que se vierte agua a chorro y del que la mayoría desborda por los costados. Pero al menos, si abrimos el grifo, podemos ver cómo van cayendo gotas, gotitas que hacen crecer brotes de esperanza.

En Tamaransy se iban dejando caer esas gotitas. Cada mañana aparcaban en sus puertas varias decenas de furgonetas con distintos propósitos. El Programa Mundial de Alimentos les obsequiaba con sacos de arroz, el Gobierno Americano con tanques para clorar el agua, Unicef hacía labores de sensibilización, la Cruz Roja les daba una pastilla de cloro en mano y la OMS termoflasheaba a los niños antes de entrar las colegio. También se ha incluido en el ensayo vacunal a contactos de alto riesgo y los políticos locales han encumbrado sus discursos en la plaza del pueblo rodeados de cámaras, manteniendo siempre los dos metros de seguridad. Incluso se ha llevado a cómicos que los han hecho reír y el Presidente de la República ha tenido la gentileza de cruzar su carretera a la velocidad del rayo. La ceremonia de acogida de los supervivientes ha sido apoteósica, plagada de discursos y de fotos a ocho mujeres y un hombre sentados en fila, cada uno con un kit de víveres de recuerdo. Una maquinaria ingente de recursos, y unas pocas gotitas, gotitas de recompensa.

No sé cómo habrán vivido los niños el paso de estas semanas, pero yo siempre los he visto risueños, esperando su disparo antes de entrar a clase. He querido visitarlos ahora que ha terminado el confinamiento. 

Al llegar veo cómo las furgonetas y sus logos  han desaparecido, no se oye ni un ruido y las vendedoras de anacardos vuelven a poner sus puestos al borde de la carretera esperando que a algún conductor de paso le entre el gusanillo. Moissa, Keita y Amadou siguen teniendo el tanque de agua clorada de USAID como alfombrilla de bienvenida. Sonríen y me hacen fotos con sus teléfonos nuevos. Han terminado las clases con buenas notas. 



Pido permiso a sus padres para que me enseñen el río y al dar su consentimiento se les enciende la mirada. Me llevan corriendo de la mano. Me encanta verlos con las camisetas de sus ídolos deportivos, flaquitos y sin miedo. Les pregunto si quieren ser futbolistas y me dicen que no, que los tres quieren ser artistas.


Al llegar al borde del río paran en seco y me miran como esperando mi aprobación. On peut traverser? Claro que sí, me río. Me quedo un poco por detrás. Me siento también como una niña.


Cruzamos contentos, dando saltos, dejando que las gotitas de agua dulce nos mojen la cara y esperando que al otro lado del Puente de la Libertad encontremos, frondoso, el camino de nuestros sueños. 

jueves, 23 de julio de 2015

La estrella de Dabis

Dabis es un pequeño pueblo de la forêt guineana, con casitas redondas de adobe y tejados de paja, donde la risa de los niños inunda cada rincón y las gallinas y los cabritillos se sientan a la mesa como un miembro más de la familia. Dabis nos ofrece una imagen anacrónica, de túnel del tiempo, de portal de Belén.

Cada vez que entro en el pueblo siento como si profana un templo. Hay algo místico en lo que ha ocurrido aquí. Algo a la vez interno y lejano que ha roto en pedazos su equilibrio natural. Por un lado, el ébola con su hoz en mano ha ido a tocar la cabeza de cada una de las mujeres de la familia del Iman. Por otro lado, una horda de extraños y extranjeros hemos invadido su quietud con nuestro arsenal preventivo y curativo.

Dabis me ha hecho reflexionar mucho. Pienso que sin la ayuda externa ese pequeño pueblo podría haber perdido todos sus habitantes, y soy consciente de que para detectar, diagnosticar, tratar y controlar una epidemia que afecta a los más humildes necesitamos la tecnología más puntera y un arsenal de recursos materiales y personales que no están a su alcance. Pero también me hace daño nuestra irrupción, apabullante y unidireccional. Pienso en cómo hemos arrancado del seno familiar, uno a uno, a la mayoría de miembros de una familia, cómo los han visto marchar enfermos y no volver nunca, cómo no han podido abrazarlos en su lecho de muerte y honrarlos en un funeral digno, y cómo les dejamos las migajas de nuestro rescate: unos sacos de arroz y de legumbres, unos botes de lejía y una telas de colores.

Tengo grabada en el pecho la imagen de la tristeza de África, la tarde en que tuvimos que darles la noticia de que todas sus hijas y nietas habían fallecido en el Centro de Tratamiento. Entramos en su parcela con nuestra gran furgoneta después haber saludado a varias decenas de niños risueños que encontramos por el camino. El imán y su esposa, dos abuelos enjutos, estaban solos, en completo silencio, sentados a la entrada en dos taburetes de madera. Nunca había visto a nadie llorar en África. La abuela se secaba las lágrimas en silencio y el abuelo tenía las cuencas de los ojos tan profundas que las lágrimas no le caían sino que le formaban charcas. Nos sentamos en círculo y compartimos su silencio. En ese momento me dije que tenía que intentar captar toda esa energía y convertirla en algo bello en el futuro, pero solo me inundaba la tristeza.

He vuelto hace unos días, para decirles que habíamos acabado el periodo de vigilancia y podíamos dejarles continuar con sus vidas. Afortunadamente les quedan nietos sanos que la abuela sostiene en el regazo. Pienso que me gustaría hablarles, que tal vez les gustaría hablarme, pero al mirar al rostro del iman, viejo y sabio, me siento avergonzada.

Entonces nos dan una lección de amor. Nos ofrecen asiento y hablan mucho, en su lengua. Mis amigos traducen y yo también les hablo. Hablamos de la vida que es única, magnífica e irrepetible. Hablamos de la muerte, que es única, magnánima e irrefutable. Hablamos de Dios, y puedo entender a Dios en sus palabras. Hablamos de los hombres y me siento humana. Hablamos de colores y me siento un arco iris. Hablamos de la paz, en paz, y los siento tan sabios que me siento sabia. Nos dan las gracias y yo no sé cómo agradecérselo.

No encuentro las palabras para describir ese instante de sabiduría y quietud, pero para mí se hizo la luz.
Desde entonces, Dabis tiene una estrella en el firmamento. Y cuando me pierda en mis cifras, en mis incertidumbres y mis incógnitas, en mis contradicciones y mis temores, cuando no encuentre el camino entre las tinieblas del alma, miraré hacia arriba, miraré hacia África, y me dejaré guiar por mi estrella de Dabis.






domingo, 12 de julio de 2015

Termo Flash



Hace varios días que aterricé en Guinea para trabajar como epidemióloga en la respuesta frente al virus del ébola. Desde que he llegado no dejo de preguntarme por qué esta maldita epidemia parece no tener fin y por qué lo veo todo cada vez más difícil cuando aparentemente no tiene vuelta de hoja: sumar, restar, discutir, consensuar, actuar, controlar.

Esta imagen presenta un proceso sencillo de vigilancia epidemiológica (he preferido no publicar la fotografía original y agradezco al delineante que haya captado la esencia de la imagen). La clave del proceso es el Termoflash, ese aparato que mide de forma instantánea la temperatura. Vemos cómo se utiliza con los contactos recientes de un caso de ébola, a los cuales intentamos detectar síntomas de forma temprana para poder clasificar e idealmente tratar, pero sobre todo para evitar el contagio de otros potenciales contactos. Aparecen los agentes comunitarios que se involucran en el proceso de medición y seguimiento, permitiendo así una mayor aceptación social del mismo y un empoderamiento de la población vulnerable. Alrededor, diferentes organizaciones internacionales brindan su apoyo, supervisan e invierten dinero, mucho dinero, en la lucha contra la epidemia.

No entiendo por qué, estando todo aparentemente tan claro y definido, me siento frente a las piezas de un rompecabezas imposible. Como vengo de otros mundos, me digo, no entiendo nada o creo que no entiendo nada, pero cada noche me acuesto bajo una mosquitera inundada de desazón. 

Hasta que hoy por la mañana he tomado esta fotografía.

Normalmente es difícil ver las cosas desde dentro. Sólo cuando te escapas detrás del escenario adviertes los matices. Entonces, la imagen se torna gris plomizo. Empiezo a ver cómo en el siglo XXI la lucha ya no es de acero. Cómo el primer mundo dispara perdigones de vida que en el trayecto entre la mano ejecutora y la bala se transforman, por un extraño mecanismo termo-regulado,  en medidores de angustia e incertidumbre. El arma es empuñada por un vecino del barrio, henchido de orgullo por haber ascendido a corneta a un módico precio. La escena es observada por vigilantes globales, que vienen a hacer alarde de la globalización y sus condolencias. Paradójicamente, el arma, que parece estar destinada a sanar, se utiliza para detectar y sentenciar enfermos. Estos proscritos, que han de resignarse a que un objeto de plástico determine su destino, viven con su carga, su culpa y su yugo entre disparo y disparo.

Esta arma con piel de cordero no está destinada a quitar la vida de un plumazo, pero ha creado el miedo y la desconfianza en una sociedad entera. Año y medio después del comienzo de La Epidemia, sigue inundado las calles, los pasos fronterizos y los controles de aeropuerto. Ha cohibido la libertad y aturdido el entendimiento. Ha cerrado fronteras, ha marcado a la gente como ganado y ha permitido también la evacuación de unos pocos con la suerte de tener un pasaporte distinto. Poseer una hace sentir nuestra casa un poco más protegida, sentirla contra la sien nos hace más conscientes de nuestra vulnerabilidad.


Esta arma es un símbolo de la sociedad de hoy, mucho más compleja y más sibilina en sus mecanismos de presión social. Un inteligente y cruel instrumento del que se sirve el cobarde que mueve los hilos en la sombra, porque va más allá de la razón, porque nos hace ignorar con quién estamos luchando, porque nos hace creer que el enemigo está dentro.

martes, 4 de marzo de 2014

Frio

La Náusea ha quedado allá lejos, en la luz amarilla. Soy feliz; este frio es tan puro, tan pura la noche; ?no soy yo mismo una onda de aire helado? No tener ni sangre, ni linfa, ni carne. Deslizarse por este largo canal hasta aquella palidez. Ser sólo frio.


"La Náusea", Jean-Paul Sartre

domingo, 9 de febrero de 2014

La ridícula idea de no volver a verte

La ridícula idea de no volver a verte”. Así titula Rosa Montero su radiografía sobre el dolor de Madame Curie a la muerte de su esposo, una crónica en espejo del propio dolor por igual motivo. Rosa ha tenido la valentía de escribir un libro franco, sencillo, desnudo, desde las entrañas. Una especie de auto terapia que ha convertido en bálsamo para el alma colectiva. Me ha gustado que comparta esa intimidad con los lectores, esa pequeña parcela de dolor y reflexión madura que parece debería quedarse en el fondo de la almohada, en el agua de la ducha, en nuestro paño de lágrimas, en la cuenca de los ojos, en la punta de los dedos o sólo en los oídos de nuestros más cercanos confidentes.

Rosa decía que hace años aspiraba a escribir un gran libro sobre la Humanidad, y que ahora sólo aspira a la Libertad. Que sólo contando las historias desde dentro, desde los derrumbes y las miserias, en un viaje al interior de uno mismo, en un canto desgarrado, somos capaces de aproximarnos a la canción colectiva.

Seguramente Marie, aspirando solo a la Libertad, marcara un hito en la Historia de la Humanidad. Seguramente desde sus derrumbes, desde sus miserias, desde sus fantasmas, lograra alzar la voz en este gran coro del mundo.

#Palabras, #Libertad, #Ligereza, #Honrar a los padres, #Hacer lo que se espera. Estos y otros lugares comunes forjan la personalidad de una mujer recia, estoica, perseverante y auténtica.

Sé que a Rosa le gustan las #Historias de Mujeres, yo prefiero hablar de historias de personas, pero en este caso la cuestión de género se hace ineludible, y reconozco que me ha producido gran regocijo ver ese par de tetas entre tanto premio Nobel en aquellas fotos en blanco y negro. 

Uno de los grandes valores de Marie fue que su aspiración sólo a la Ligereza, sólo a la Libertad, le empujaba a una completa renuncia material.  Renunció a patentes y privilegios. Descuidaba el vestido, se olvidaba de comer, se quedó como el espíritu de la golosina. Porque ¿cómo amar lo material siendo lo sustancial tan enriquecedor?,  es como quedarse con el envoltorio del caramelo. Ella solo ansiaba luchar de sol a sol por engrandecer su nombre y su laboratorio, por honrar a su marido, por hacer más universales sus méritos, por crecer desde dentro y no en la forma. Toda una lección en estos tiempos modernos. Incluso tuvo la oportunidad de llevar a la práctica el conocimiento adquirido, poniendo en funcionamiento las primeras máquinas de rayos X al pie de las trincheras de la I Guerra Mundial.


Sin embargo el libro también habla, y sobre todo, del #Amor que rompe moldes; creativo, efervescente, fosfórico y ácido, como el chisporroteo de una conexión neuronal. Como el brillo de ese radio aislado durante meses en la oscuridad de un chamizo que hacía de laboratorio, como cada reacción química, también radioactiva, que a medida que unía a Pierre y a Marie los destruía por dentro. Probablemente el motor de su vida aceleró su muerte. Cada uno de esos días extenuantes, masoquistas, delirantes, en que arrojaban un poco más de Luz al túnel oscuro del Saber, iban dejándolos ciegos. Murieron sin saber que el fruto de sus entrañas y de sus sesos los estaba matando poco a poco. Y aún sabiéndolo, probablemente no hubieran renunciado a su propósito.

Pierre estaba debilitado por la radiación acumulada y absorto en sus pensamientos cuando resbaló bajo la lluvia de abril y fue atropellado por un coche de caballos. Porque también la muerte es como un chisporroteo que azota y asola el alma, dejando un campo yermo sobre el que volver a cultivar. Así, Marie se quedó sola, desgarrada, con una herida abierta en el alma y otra en los sesos (dicen que besaba los sesos de su marido desparramados por las aceras).  Y así, desde esa ridícula idea, porque no se explica con las matemáticas, ni con la física, ni con la química, esa ridícula idea de no volver a verte, esa imposible ecuación que nadie ha resuelto aún, Marie fue capaz de, como dijo Pierre al conocerla, hacer de la realidad un sueño, y convertir ese sueño en realidad.

En las últimas páginas, tan enfrascada me encuentro en la lectura de este pequeño libro, que salgo del metro con él en la mano, olvidando dentro el resto de mis pertenencias. A medida que observo cómo se alejan en el vagón, me recorre un pequeño escalofrío de desnudez. Otro de gozo. Empiezo a sentir, también yo, esa extraña #Ligereza, esa extraña #Libertad, esa ridícula idea de no volver a verte. Ahora, siento que soy capaz de amar más. Y solo espero que sigamos amándonos de esa ridícula forma en todos los rincones del planeta. Desnudos y sin artificios.

Supongo que habrá sido el último guiño de los Curie a su joven, absorta y embelesada lectora. 





domingo, 19 de enero de 2014

Abecedario


 

Almohada.
Barbarie.
Cenizas.
Dádiva.
Esclarecer.
Fetiche
Gárgola.
Hermético.
Ignoto.
Jauría.
Kathmandú.
Limosna.
Llovizna.
Melancolía.
Néctar.
Omnipresencia.
Pétalo.
Quimera.
Rueca.
Susurro.
itilante.
Útero.
Verga.
Wey.
X.
Yunque.
Zozobra.

Es un comienzo.

jueves, 2 de enero de 2014

Pequeño mundo

Curioso como un texto escrito durante la Guerra Civil sigue teniendo vigencia en nuestros días. Esta mañana observando el vagón del metro pienso en algo parecido a lo que empiezo a leer. Certero y sensible desde la Tierruca:

"El departamento del tren me parece un pequeño mundo en el que no cabe la gente.  Y es, en verdad, una miniatura cuadrada del mundo.  Aquí veo yo las diferentes manifestaciones del egoísmo, la paciencia, los deseos de comodidad, el cansancio, la incultura, la humildad, la educación.  Un departamento del tren, cuando ya no cabe en él más gente, es una síntesis del destino de los hombres en el mundo. Unos van de pie, transidos; otros sentados.
 
El mundo, en aquel joven arrellanado en la orilla, que mira con hostilidad al compañero de viaje suplicando un poco de sitio para descansar; en aquella mujer que cierra la portezuela violentamente, para que no entren más; en aquél que dice malas palabras porque le apretujan; en el que soporta resignadamente el cansancio, de pie, tambaleándose en las revueltas; en aquél otro indiferente, imperturbable, que sigue leyendo un libro tonto.
 
El mundo, el mundo, aquí, sobre unas ruedas en perpetuo enojo, desenredando su furia esclava. Gente de pie, gente sentada. Comodidades que no se compadecen. Cansancios que miran con envidia, con ira silenciosa o con resignación. Los que van sentados, se miran contentos. Parecen buenos amigos, felices, que van a gastar dinero, a ver al amante, a visitar tierras propias en comienzos de germinación…
 
Los que van de pie parecen más amables entre sí, quizá por eso de que el sufrimiento hermana consuelos, de que la analogía de tristezas compenetra almas. Pero cuando se marcha uno de los que van sentados, se rompe esa reciprocidad de buenas miradas. Todos desean ese sitio de alivio que queda vacío. Todos hacen ademán de ir hacia él. Y el que consigue sentarse, a los pocos instantes ya es como uno de los que van bien. Ya no es  como cuando iba de pie, cansado, soportando fatiga quieta, que es la peor fatiga. Ya es amigo de los que van como él… Es como si nunca hubiera ido con los que van de pie…"


Dolor de tierra verde”. Manuel Llano. 1936.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Interferencias

Este es el resultado de pasar a limpio frases memorables de una conferencia de Ángel Gabilondo durante un partido de fútbol mientras me guarecía en el bar de la esquina al haber olvidado las llaves de casa... una curiosa, ambivalente, desigual y esclarecedora experiencia (:)):

Necesitmos derechos iguales para personas singulares. Es importante encontrar nuestra singularidad, nuestro motor vital más allá de lo que nos rodea. 
(¡Qué buen comienzo de partido... dominio absoluto del Real Madrid!).

Solo se es diferente en el seno de lo Común, fuera de lo común se es indiferente.
(Entrada de pepe larga, quiere llegar.... ¡saque de portería!).

Os deseo ser menos, porque más vale perder juntos que ganar solo.
(Otra patadita, y ya debe de ser la quinta o la sexta de Felipe Melo).

En la antigua Grecia sólo eran individualistas el esclavo o el idiota. La Comunidad da un plus y engrandece a los ciudadanos activos y libres.
(Cerrando filas, cerrando filas...¡qué jabatos, qué jabatos!).

Una cosa es organizar actividades y otra es la verdadera acción transformadora.
(Sigue Marcelo, bien por él, buscando el palo).

La ética es conseguir que todos seamos miembros activos de pleno  derecho de una Comunidad.
(Bullut, Bullut, Bullut... dispara desde ahí... ¡la revienta! ).

Nuestra dignidad también tiene una dimensión social. Si una sola persona no tiene derechos todos podemos considerarnos indignos.
(Desviadísimo el disparo de Bullut... y balón para el Real Madrid).

Sin palabras no hay Comunidad, ni Comunicación.
(Marcelo recorta, pasa a Di María).

A veces tenemos dolores de palabra. A veces ponemos todo perdido de palabras. Pero a veces la palabra es certeza como esa flecha que llega al pleno centro de la diana.
(Juega la pelota Melo para el capitán, abre el balón a banda...).

Necesitamos a gente que viva como dice y piensa. Mentir no es no decir lo que se piensa, sino no vivir como se piensa y dice.
(Mete la pierna Marcelo, Marcelo la saca). 

Yo no digo "a las barricadas", digo "a las aulas". El aula no es solo un espacio de conocimiento sino también de convivencia. Cada reunión es un espacio para tomar fuerzas y razones.
(Inath entrega la pelota para Dibrat, Dibrat la saca).

Los derechos son estímulos de libertad. Los valores solo son valores si se hacen valer
(Juega la pelota, la mueve Pepe, la entrega para Arbeloa...)

Estamos propiciando un verdadero mercado de valores, es necesario buscar nuestra propia escala.
(Arbeloa, Arbeloa, desciende para Di María).

Las convicciones no son estados de ánimo.
(Melo juega atrás... ).

Tenemos que potenciar, más allá del deseo de aprobación, la capacidad de amar y de dejarse amar. A veces es duro, lo sé.
(...pero se encuentra un muro, el muro de contención de Pepe).

La verdadera salud es la sabiduría, ser capaces de abrir condiciones para la vida de los otros.
(Buen cambio de línea de Bullut).

¿Qué recomendaría para tener buena salud?: la lectura, la escritura, la comunicación..., y andar, pensar, correr, bailar, relacionarse, amar...
(Ni Cristiano, ni Di María... ¡qué zapatazo de Gareth Bale!)

Página viene del latín pango, y tiene la misma raíz que pacto o paz. Es del pueblo y de la diversidad.
(Arbeloa, Arbeloa se acerca a la pelota...).

Lo público no es del Gobierno, sino de la sociedad. Se daña mas a lo privado desconsiderando lo público. Son necesarias políticas públicas para combatir la vulnerabilidad.
(¡Qué control del partido el del Real Madrid!).

Antes la economía era una ciencia humanista, ahora es una rama de la teología.
(Esto es una fiesta señores, una fiesta de goles la que nos han preparado).

Mejorar la política social es también una inversión económica.
(Pepe como siempre haciendo de las suyas).

Decia Eduardo Galeano que "guardemos el pesimismo para tiempos mejores". Yo apuesto por el pensamiento positivo.
(¡Gol, gol, gol, gol, gooooooooollll!, y ya van cuatro... ¡sí, señor!)

¿Para qué sirve el horizonte, si a medida que nos acermos de desplaza? Simple y llanamente, el horizonte sirve para caminar.
(Entró con velocidad, se acerca hacia el fondo del campo............................ final del partido).






Conferencia inaugural de Ángel Gabilondo. 
Encuentro AMaSaP. 27 de noviembre de 2013.

Partido de clasificación de grupos entre el Real Madrid y el Galatasaray. 
Liga de Campeones. 27 de voviembre de 2013.

viernes, 29 de noviembre de 2013

África negra

Contigo aprendí...

Que no todo el oro reluce.
Que la Belleza es un estado de ánimo.
Que cuánta luz alojan las tinieblas.
Que el amor puede ser tan oscuro...
Que he de aprender a caminar desnuda.
Que el monje hace al hábito.
Que nada tiene precio.
Que la vida se cuela por los más inhóspitos rincones.
Que una bofetada es como agua bendita.
Que un llanto vale más que mil palabras...

Y que estoy enamorada de la vida.




domingo, 27 de octubre de 2013

Desnudez



La desnudez no es lo que pasa cuando te quitas la ropa.

Ese desnudo está lleno de prejuicios. Es carnoso y pesado. Medible. Contable. Incluso estandarizado. Me atrevo a ponerle letras, números y adjetivos, a decirme de dónde me sobra o me falta, frente al espejo. Me quito la ropa en el baño, en los vestuarios de la escuela de danza. Miro. Me miran. Enseño, tapo o dejo entrever, creando una ecuación perfectamente ajustada entre el recato, el decoro, la erótica, la elegancia o la dejadez. Compro y vendo centímetros de desnudez como en una mercería.

El desnudo de hoy es puro artificio, fiesta de disfraces de todo a mil. Es como el verano de Ibiza: bronceado, siliconoso y eternamente joven. Así, cuanto más mostramos, más perdemos el tacto y el contacto, más nos cubrimos de mentiras.



Hoy doy la bienvenida al otoño caminando por el paseo de las Acacias. Para mí es el paseo de la Desnudez. Antes, no solo me he quitado la ropa, también la piel, el músculo y el hueso. He lavado los surcos. He expandido la risa y las cosquillas por los cuartos vecinos. Me he sacudido el polvo. Me he secado las lágrimas.Tengo un gemidito ahogado en el fondo del vientre.

Ahora todo es tranquilo, callado y melancólico.

Me gusta el otoño porque está desnudo de artificios.

Así es la desnudez. Como el estallar del otoño, que atesta de hojarasca las aceras,

que se despoja de vestigios del pasado,

que muda de piel cada año,

que se muestra tal como es, seco y austero. Fósil de eternidad.



La desnudez es liviana y rotunda. Es poderosa.


Y yo. 

No me desnudo cuando me quito la ropa.

Me desnudo cuando te miro a los ojos.

Me desnudo cuando me tiendes la mano.

Me desnudo cuando me pierdo en tu ausencia.


La desnudez no es anclarme a tu piel 

sino fundirme en tu abrazo.

No es entreabrir la puerta sino sacar a la luz  

el tallo sin espinas de la flor de mi vientre.


Es una nota de música suspendida en el viento.



La desnudez es la palabra, sola y temblorosa.